Dios Dio La Vida Por Nosotros Y A¿ Nosotros Que Nos Cuesta Entregar Nuestro Corazón A El ? - Lindas Meditaciones Para Compartir

lunes, 15 de febrero de 2016

Gritos y lágrimas en Getsemaní



“Y Cristo, en los días de su vida terrena, ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, y fue oído a causa de su temor reverente” (Hebreos 5:7).
Si hay un momento sublime y atroz a la vez en el que la realidad insoslayable de la encarnación del Hijo de Dios mostró su flanco más humano, débil y vulnerable, fue durante los episodios de la Pasión de Cristo. A veces, el epílogo sobrenatural, glorioso de esos dramáticos momentos, culminados por el relato de la resurrección, nos hace pensar que Cristo no padeció como nosotros los sufrimientos y el dolor agónico de la muerte; que siendo Dios mismo, no pudo sufrir, tener angustia y miedo. Pero este docetismo (herejía que niega, sobre todo, la humanidad verdadera de Jesús) enmascarado alejaría inconmensurablemente al Salvador del resto de los seres humanos, convertiría en mera ficción los principales episodios del evangelio y pondría en duda no solamente la realidad de la encarnación, sino también la salvación misma.
Numerosos textos de los escritos evangélicos y de las epístolas afirman la perfecta humanidad del Hijo del hombre, su identificación y muerte vicaria como mediador y representante de los seres humanos. Negar esa verdad esencial del evangelio o pretender darle una interpretación sesgada sería hacer violencia al mensaje bíblico y romper el esquema mismo de la redención. Pues bien, en esos relatos de la Pasión aparece el concepto del miedo y la angustia aplicados a la fenomenología emocional sufrida por Jesús antes y durante la crucifixión: “Lleno de angustia oraba más intensamente, y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Luc. 22:44).
También Elena de White subraya la trágica realidad existencial que Cristo vivió en ese momento: “Los discípulos […] Vieron su rostro surcado por el sangriento sudor de la agonía… Apartándose, Jesús volvió a su lugar de retiro y cayó postrado, vencido por el horror de una gran oscuridad. […] Habiendo hecho la decisión, cayó moribundo al suelo del que se había levantado parcialmente” (El Deseado de todas las gentes, p. 641).
Si alguna vez tienes que afrontar la muerte de manera consciente, si eres testigo de cómo se escapa la vida en un ser amado, si el terror, la angustia, la agonía aparecen en tu alma atribulada o moribunda, piensa que, antes que tú, Jesús ya pasó por ese trance para salvarnos: “Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Heb. 2:18).
Jesús también se ha sentido angustiado. Él puede entenderte mejor que nadie. Cuéntale lo que te sucede. Él conoce la solución a tus perplejidades.

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